LA PESADILLA DE TODO PASTELERO

¡Lo peor que puede pasarle a un pastelero!

Lo que sucedió en la historia que relato es algo que ahora percibo como chusco, aunque en su momento para mí fue terrible, ¡lo peor que puede pasarle a un pastelero! Al final pienso que fue una de esas situaciones de las que uno aprende muchísimo. Sucedió hace diez años, cuando de Inglaterra importamos una tendencia denominada topsy turvy; estos pasteles estaban muy de moda por el aparente desequilibrio que presentaban, aunque la realidad es que para montarlos es imperante tener una estructura perfecta y simétrica.

En ese entonces yo aceptaba hornear muchos pasteles, no me importaba estar saturada, para mí no había imposibles y siempre decía que sí pues pensaba que si hacía lo contrario quedaba mal con mis clientes.

Con mi agenda hasta el tope acepté, entre otros, un pastel para una fémina que le decía adiós a la soltería y lo hice con la condición de que fuera mi primera entrega. Confiada de que todo saldría bien, en punto de las cinco de la tarde mi “obra maestra” quedó montada en el salón. Hasta ahí pensé que el primer pendiente del día dejaba de serlo, empero, dos factores contribuyeron para el inicio de mi pesadilla: el clima, que en Mexicali es muy agreste y ese día la temperatura era muy alta; luego, cuando llegué al salón de fiestas me di cuenta de que no tenían el aire acondicionado encendido, lo que me generó preocupación. Con la promesa de que lo encenderían de inmediato me retiré del lugar confiada, no sin antes capturar una imagen de mi perfecto topsy turvy, del cual me sentía súper orgullosa.

Regresé a mi lugar de trabajo para seguir horneando los otros pedidos cuando de pronto el timbre del teléfono fue como una señal apocalíptica; en efecto, una voz me comunicaba que mi pastel ¡se había caído! ¡Cómo podía ser aquello posible! Cuando fui consciente nuevamente de lo que estaba sucediendo sentí que el pánico se apoderaba de mí; fue entonces que mi equipo ─incluyendo a mi esposo─ me infundió ánimo y me hizo saber que si trabajábamos nuevamente bien coordinados podíamos ¡hornear un nuevo pastel! En mi cabeza algo im-po-si-ble. Lo siguiente que hice fue tragarme mis lágrimas y ponerme a trabajar en friega.

A las nueve de la noche teníamos un nuevo pastel, que si bien ya no era estilo turvy, sí era hermoso y estaba en la mesa justo en el momento de la cena. Pero no era el final, aún faltaba “enfrentarme” a mi clienta, quien lejos de estar molesta agradeció mi esfuerzo y dedicación, además de que siguió confiando en mí, encargándome más pasteles.

MORALEJA

De esta experiencia aprendí varias cosas. La primera es que a veces nos aventamos a hacer cosas sin estudiar, vemos el proyecto y pensamos: “¡claro que puedo hacerlo!”, pero si no se tiene súper bien estudiada la técnica puede haber consecuencias desastrosas. Segundo: es imperante tener un equipo comprometido, que se ponga la camiseta como lo hicieron conmigo, pues nadie se movió hasta que hicimos todas las entregas ese fatídico día. Por último, es importante agradecer a nuestros clientes, sobre todo a quienes entienden que a veces existen factores externos que pueden hacernos una “mala jugada”. Lo importante es la manera en la que reaccionamos y el grado de compromiso que mostramos.

 

Rocío Esponda *Chef repostera en Mexicali, BC

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