Por: Eduardo Chaillo, CMP, CMM, CITE, CASE
Hay presidentes de asociaciones que llegan con energía, relaciones y una agenda ambiciosa. Convocan, abren puertas, consiguen recursos y devuelven el entusiasmo a las organizaciones que quizá lo habían perdido. El problema comienza cuando ese impulso deja de fortalecer a la institución y empieza a concentrarse alrededor de una persona. No siempre ocurre por mala intención. En América Latina solemos admirar el liderazgo visible, carismático y resolutivo. Celebramos a quien “se pone la camiseta”, consigue patrocinios, encabeza cada reunión y aparece en todas las fotografías. Muchas asociaciones sobreviven precisamente gracias a ese voluntarismo extraordinario. Sin embargo, también puede surgir una confusión peligrosa: creer que liderar significa protagonizar y que dejar huella equivale a cambiarlo todo para que lleve nuestro sello.

El ego no es exclusivo de los presidentes. Existe en consejos directivos, comités, equipos profesionales y membresías. Forma parte de cualquier organización humana. El verdadero problema aparece cuando la gobernanza no establece contrapesos, claridad de funciones ni continuidad. En ese vacío, la personalidad termina sustituyendo a la institución. Una pregunta permite identificarlo rápidamente: ¿la asociación tiene una agenda institucional o la agenda de su presidente en turno?
Si cada nueva administración modifica prioridades, identidad, alianzas, programas y hasta la manera de relacionarse con sus miembros, quizá no estamos frente a una institución sólida, sino ante una sucesión de proyectos personales que utilizan el mismo nombre. Cada gestión vuelve a comenzar, mientras la organización pierde memoria, recursos y credibilidad.
El mundo actual exige exactamente lo contrario. La inteligencia artificial transforma profesiones, las nuevas generaciones cuestionan modelos tradicionales de pertenencia, los miembros demandan resultados comprobables y las comunidades crecen más allá de quienes pagan una cuota. Al mismo tiempo, los equipos trabajan con menos recursos, múltiples grupos quieren influir en cada decisión y demostrar retorno resulta cada vez más complejo. Ningún presidente, por talentoso que sea, puede interpretar solo este entorno.
El verdadero empuje
El liderazgo asociativo tampoco funciona como el de una empresa. El poder está distribuido entre el consejo directivo, la presidencia, los comités, el equipo profesional y la membresía. Muchos de ellos son voluntarios que aportan generosamente tiempo, conocimiento y relaciones. Nadie puede limitarse a girar instrucciones. La autoridad formal abre la puerta; la legitimidad, confianza y la capacidad de convocar, es lo que permite avanzar.
Saber distinguir
Por eso, resulta indispensable distinguir las funciones. El consejo directivo gobierna, protege el propósito y toma decisiones estratégicas, pero no debería administrar cada detalle. El presidente lidera y representa, sin personalizar la organización. Los comités movilizan talento y conocimiento, aunque no sustituyen la estrategia. El equipo profesional ejecuta, propone, conserva la memoria institucional y evita que cada periodo comience desde cero. Esta última función suele subestimarse. En demasiadas asociaciones, el staff es tratado como apoyo administrativo del presidente y no como depositario de experiencia, información y continuidad. Se le pide obedecer, pero pocas veces se le permite cuestionar, proponer o anticipar. Una organización que cambia de rumbo cada vez que cambia su liderazgo voluntario desperdicia el activo más difícil de reconstruir: su memoria.

Liderazgo con sentido
Combatir el ego presidencial no significa apagar la personalidad, limitar la iniciativa o pedir dirigentes grises. Significa colocar el talento individual al servicio de algo que debe durar más que un periodo. Un buen presidente no necesita que todas las ideas nazcan de él, ni que cada logro lleve su nombre. Su mayor aportación puede consistir en fortalecer al equipo, abrir espacios para nuevas voces, preparar la sucesión y dejar decisiones que otros puedan sostener.
También exige resistir la tentación de confundir actividad con relevancia. Organizar un gran congreso, publicar fotografías o aumentar temporalmente la visibilidad no garantiza que la asociación esté cumpliendo su propósito. La pregunta esencial sigue siendo otra: ¿qué problema colectivo resolvemos que nuestros miembros no podrían enfrentar por separado? Cuando esa respuesta no está clara, el calendario se llena, pero la institución se vacía. El congreso anual termina financiando casi toda la operación, la membresía recibe los mismos beneficios sin importar sus diferencias, los datos se acumulan sin orientar decisiones y la participación de jóvenes se limita a invitarlos a una mesa diseñada por generaciones anteriores.
Realidad actual
El nuevo liderazgo asociativo necesita pasar del protagonismo a la orquestación. Su función no será tener todas las respuestas, sino convocar el conocimiento disperso dentro y fuera de la organización. Deberá escuchar a quienes conservan la experiencia, incorporar a quienes traen perspectivas nuevas y construir acuerdos entre intereses que no siempre coinciden. Esto requiere humildad, pero también carácter. Escuchar no significa renunciar a decidir. Construir consenso tampoco equivale a evitar conversaciones difíciles. El líder debe saber cuándo unir, cuándo cuestionar y cuándo defender el propósito de la asociación, incluso frente a quienes confunden antigüedad con propiedad.
Una señal de madurez consiste en preguntarse qué permanecerá cuando termine la gestión. ¿Quedará un equipo más capaz? ¿Una estrategia comprendida por todos? ¿Información útil para decidir? ¿Nuevos liderazgos preparados? ¿Finanzas menos dependientes de un solo evento? ¿Una comunidad más diversa y participativa?
Con fecha de caducidad
El cargo tiene un final en el calendario. La responsabilidad institucional, no. Por eso, el legado más valioso de un presidente no es lograr que la asociación lo extrañe cuando se vaya, sino conseguir que pueda seguir avanzando sin depender de él. El voluntariado aporta legitimidad; la profesionalización aporta continuidad. Las asociaciones fuertes necesitan ambas. No se construyen alrededor de héroes indispensables, sino mediante instituciones capaces de conservar propósito, memoria y acción colectiva cuando los nombres en la puerta inevitablemente cambian.






